Cerro de Pasco: Pobreza y veneno en la sangre

Un considerable grupo de pobladores de Cerro de Pasco han llegado a Lima, hace quince días, porque no encontraron mejor forma de reclamar, que encadenarse a las puertas del Ministerio de Salud, en Lima. Son trabajadores mineros con sus menores hijos e hijas. Niños y niñas que simbolizan la cara más dura de la actividad minera en nuestro país.

Una generación de infantes que sufren desde muy temprana edad enfermedades broncopulmonares, leucemia, afecciones a los huesos y distintas variedades de cáncer, a causa de la inhalación del plomo y el mercurio que brotan de los enclaves mineros de su región.

La contaminación ambiental generada por la minería en la región Pasco ha causado que unos 2000 niños que viven ahí presenten enfermedades respiratorias y a la sangre. Así lo denunció el propio alcalde del distrito de Simón Bolívar, Zumel Trujillo, desde los exteriores del Ministerio de Salud y encadenado a las rejas que le impedían llegar al escritorio de la Ministra y hacerle el justo reclamo.

Hasta la provincia afectada, no llegan los médicos, ni tampoco una entidad del Estado central que los atienda. Una realidad a más de 4 mil metros de altura, que pone al descubierto, una vez más, el endeble y ausente sistema de salud que mantenemos en nuestro país. Regiones sin médicos, postas médicas sin material suficiente para la atención de emergencias y hospitales sin el personal médico necesario para atender a la población que más lo necesita: los pobres. Las autoridades prefieren construir cárceles que hospitales.

El caso es tan penoso como indignante. Niños y niñas que escupen sangre y tienen los pulmones perforados por el plomo de minas extranjeras que vienen a nuestro país a contaminar, a destruir ecosistemas y comunidades enteras a fin de extraer los metales por los cuales ni siquiera pagan el justo precio.

Para poder sobrevivir, tienen que venir a Lima, necesariamente, para hacerse transfusiones de sangre que los mantiene con vida un día más. Una población que a media voz y sin fuerzas, denuncian el consumo de agua envenenada de los relaves mineros y de la insuficiencia de una posta médica que es más un membrete, que una realidad.

Hoy, cerca de quinientos años después, Cerro de Pasco, se debate en alarmantes niveles de pobreza, críticos indicadores de desnutrición infantil y graves índices de contenido de plomo y otros metales en la sangre de sus pobladores. Es una ciudad que se destruye día a día y una minería que construye diariamente sus ingentes riquezas a costa de la vida de los pobladores de los rincones más profundos del país.

Pareciera paradójico que, casi cinco siglos después, Pasco, acarrea un terrible drama de contaminación, además de elevados niveles de desempleo, pobreza, la no atención de necesidades básicas, como salud, seguridad y educación, etc. mientras que la minería se expande y destruye la ciudad. Un verdadero escándalo.

Las mineras no pagan IGV ni regalías, pues están exoneradas del pago por los dichosos “Contratos de Estabilidad Tributaria” suscritos en la época de Alberto Fujimori. Tienen, además, doble depreciación: si se construye una carretera para el traslado de los metales, tienen el privilegio de descontar esa inversión a través del Impuesto a la Renta. Además de ello, no pagan aranceles, están exoneradas y se llevan los metales y las riquezas que posee nuestro territorio. Ante la vista complaciente de una clase política que legisla de espaldas a los intereses nacionales.

La culpa del drama que vive durante años esta población, es culpa de aquellos gobiernos que alentaron siempre la actividad minera asegurando que ella era la “garantía contra la pobreza”, o la “fuente del desarrollo” y que una vez pasado el gran boom minero, ello nunca se plasmó en un desarrollo con equidad y dirigido a potenciar las ausencias y fortalezas regionales. Fueron pocos los que llenaron sus bolsillos y son los mismos quienes voltean la cara ante una inminente bomba de tiempo.

Cerro de Pasco, Huancavelica, Apurímac -el Trapecio Andino- y otras regiones similares, son un real emporio de riqueza. Desde los años de la Conquista, y durante todo el virreinato y la República, se han extraído de su suelo millones y millones de toneladas de oro, plata, cobre, zinc y otros metales; que han permitido acumular descomunales fortunas en manos de grandes consorcios extranjeros e inversionistas privados.

La clase dominante sigue vendiendo la falsa idea de que la minería es sinónimo de riqueza. Lo afirman y defienden, porque obviamente, para ellos si ha simbolizado ello. Porque se han enriquecido en base a ella, y porque viven parasitariamente de ella, mientras los trabajadores mineros escarban y escarban como topos.

No es la primera vez que poblaciones enteras han ofrecidos sus vidas a costa de enfrentar a grandes consorcios mineros extranjeros y privados, como los pobladores de Conga o el hasta hace poco, mencionado caso Yanacocha. Porque las comunidades entienden a través de su idiosincrasia que una actividad minería que no contempla mínimos estándares ambientales, los condena a la muerte.

Gonzalo es uno de los niños que viene a Lima, para hacerse sus transfusiones de sangre. Tiene 18 años, pero parece de menos. Nació intoxicado por plomo en Cerro de Pasco y debe venir cada mes a Lima. La Ministra de Salud Patricia García se enfada cuando le enrostramos este drama porque ella dice que es “muy humana” pero eso no se dice, Ministra, se demuestra.

Mientras tanto, luego de 10 días de haber permanecido encadenados en las puertas del Ministerio, la Ministra de Salud se dignó a atenderlos y llegar a acuerdos que la población exige, y uno de ellos es una urgente presencia se servicio médico para esos más de 2 mil niños ya enfermos. El día que, en Lima se coma papa con plomo, será el día en el que de verdad seamos conscientes de una problemática no muy lejana.

Fuente: Diario Uno

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